Orden de Calatrava
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sábado, 22 de junio de 2019

Noche de Leyenda en Calatrava de la Vieja | Soldados de Dios.



22 de junio de 2019: Noche de Leyenda en Calatrava la Vieja, con la obra de teatro "Los soldados de Dios", basada en la novela "Las espuelas de Dios" de Javier Panadero Delgado. 


Pases: 22h / 23:30h
Entrada: 7 € 
Una puesta en escena diferente a años anteriores. (Obra para todos los públicos, aunque se recomienda a partir de 8 años)

Venta de entradas: los días 14, 17, 18 y 19 de junio en la nueva Biblioteca Municipal de Carrión de Cva., en la C/ Echegaray 1, de 16h a 20h. 
Venta Online: ajelcantoblanco@gmail.com

viernes, 9 de marzo de 2018

LA MONARQUÍA FRENTE A LA ORDEN DE CALATRAVA, CIUDAD REAL.



Las grandes conquistas del siglo XIII ampliaron considerablemente los límites de la Corona de Castilla, convertida en uno de los grandes reinos de la Cristiandad. Fernando III legó a su hijo Alfonso X una Castilla con grandes posibilidades, pero también necesitada de una mayor labor de ordenación interna. Como la expansión también había deparado a la alta nobleza y a la Iglesia mayores dominios, la monarquía quiso afirmar su autoridad por distintos medios. El Rey Sabio es bien conocido por su magna obra legislativa, que no consiguió afirmar como le hubiera gustado, pero también promovió una importante obra repobladora en territorios que consideraba de interés para su patrimonio o para Castilla, como los fronterizos con Navarra. En 1255 fundó Villa Real en el área manchega que terminaría conociéndose como el campo de Calatrava, por la relevancia alcanzada allí por la susodicha orden militar, que había participado activamente en las campañas de sus predecesores en el trono. 

En el territorio de Alarcos, el lugar que los castellanos recordaban como una de sus más sonadas derrotas frente a los almohades, Alfonso X fundó en 1255 la puebla de Villa Real, convertida en Ciudad Real en 1420, al modo organizado de cómo lo harían otros monarcas en sus dominios. Así lo hizo su suegro Jaime I en el reino de Valencia. Escogió para su emplazamiento el lugar conocido como el Pozuelo de don Gil, en una tierra doliente según expresó en su carta puebla, cuando mermaba la población de Alarcón de forma preocupante. Cuando las grandes conquistas abrieron nuevas tierras a los castellanos e impulsaron a muchos fuera de sus lugares de origen, el repoblador Alfonso X pretendió abrir al cultivo las tierras yermas y disponer nuevas fortalezas. 

Villa Real, según el monarca, debía ser cabeza de aquella tierra, recibió inicialmente el fuero de Cuenca. Se le dotó de las aldeas de Zuheruela, Villar del Pozo, Figueruela, Poblet y Albalá, conformando una tierra que se les quedaría corta a sus vecinos, dada la extensión de los dominios de la orden de Calatrava. Por ende, se les permitió en 1256 cortar madera para erigir su alcázar sin pagar portazgo, y en 1263 también pudieron obtenerla de los montes de Cuenca, Alcaraz y Alarcón.

Alfonso X otorgó en 1261 a su fundación el fuero real (no bien considerado por muchos concejos con fueros propios con los que se identificaban), pero en 1272 fue encomendada a su hermano don Fadrique, vuelto al favor regio muy posiblemente por la mediación de Jaime I de Aragón. El historiador Manuel González lo ha considerado un verdadero destierro de la corte. Don Fadrique proseguiría la tarea de Alfonso X: eximiría a sus vecinos del pago de portazgo para la construcción de sus casas y corrales en 1272, y al año siguiente los eximiría de pechos por siete años. Ubicada en el vital camino entre Toledo y Córdoba, en Villa Real fallecería un 25 de julio de 1275 (cuando aguardaba la llegada de todas sus fuerzas contra los benimerines) don Fernando de la Cerda, el estimado primogénito de Alfonso X. Pendiente de las luchas del emirato granadino, Juan II vivió allí un 24 de abril de 1431 un intenso terremoto. La orden de Calatrava no se resignó a dar por perdida Villa Real, desafiante a su poder en el área. Intentó aprovechar la crisis sucesoria que azotó Castilla a finales del reinado de Alfonso X, y en 1280 recibió del infante don Sancho, que se convertiría en el IV rey de su nombre en Castilla, la promesa de su entrega con todos sus derechos, excepto el de la moneda forera. Todo quedó en papel mojado, como muchas de las promesas de don Sancho contra su padre. 

 La crisis de autoridad padecida por la orden de Calatrava durante la minoría de edad de Alfonso XI llevó a un duro enfrentamiento entre la misma y Villa Real. En Baena la orden de Calatrava encajó una dura derrota frente a los granadinos, de la que se culpabilizó al maestre Garci López de Padilla, acusado de huir. Frey Juan Núñez de Prado se acogió tras la batalla en Villa Real junto a varios caballeros, como los naturales de la localidad Alonso de Mansilla, Juan Ramírez y Gonzalo de Mera. Allí se propusieron deponer al maestre. Los vecinos vieron con simpatía su causa, porque la orden no les toleraba cortar leña, moler trigo en sus molinos o labrar sus tierras. También se quejaron de los daños infringidos desde la posición de Miguelturra. Allí irrumpieron las fuerzas de Villa Real a sangre y fuego en 1328. Al final, el maestre no fue depuesto y los ánimos se serenaron poco a poco.

 Años más tarde, en 1383, un seguro Juan I de Castilla, que entonces aspiraba a dominar Portugal, concedió Villa Real junto a Madrid y Andújar al rey de Armenia León V, al que había rescatado de la cautividad del gobernante mameluco de Egipto, el soldán de Babilonia de los documentos coetáneos. En 1391 su hijo Enrique III la recuperó para el real patrimonio, en una Castilla que había encajado un duro revés en Portugal y necesitada de medidas restauradoras. La decisión fue bien recibida por las gentes de Villa Real, que no deseaban cargar con un señor en exceso cercano, capaz de entrar mejor que el rey en los partidismos locales para tallarse una facción de adictos. En 1420 acudieron con sus huestes al castillo de Montalbán para liberar a Juan II de la custodia del infante don Enrique de Trastámara, lo que le valió a la localidad el título de ciudad. Ciudad Real formó una hermandad con Talavera y Toledo para sortear los problemas de la agitada vida política castellana del siglo XV. Sus gentes se negaron a entrar en el señorío de la reina doña Juana, que había enviudado del desdichado Enrique IV. En 1474 la furia estalló contra los conversos en la localidad, desgarrada por las luchas internas. En 1475 doña Isabel y su esposo don Fernando concedieron el perdón a los caballeros e hidalgos que se pusieran a su favor, y recompensaron a sus fieles a costa de sus contrarios. Nombraron alférez de la ciudad y alcaide de su alcázar a don Fernando de Cervera. 

Atento al engrandecimiento del poder real, Fernando de Aragón logró hacerse nombrar en 1487 maestre de Calatrava, con la guerra de Granada en todo su apogeo, maniobra que también haría con las otras órdenes militares de la Corona castellana. Se instó en 1489 a que los escribanos de Ciudad Real acudieran con las cañamas o repartos de contribuciones ante el comendador de la orden allí, pero las discrepancias no cesaron, aunque sin la virulencia de 1328. En 1493 los renteros originarios de la ciudad que labraban terrazgos de la orden no pudieron pagar por la esterilidad de los años y la plaga de langosta. Todavía en 1500 la cuestión de la tala de leña fue llevada ante la justicia regia, cuando se intentaba sustituir la batalla armada por la de los pleitos, a los que tan dadas fueron las gentes de jurisdicciones encabalgadas. Entre 1494 y 1505 se emplazó en Ciudad Real la Chancillería o alto tribunal de justicia de la Castilla al Sur del Tajo, que al final se trasladaría a Granada. No por ello Ciudad Real dejó de ser la afortunada concreción de los proyectos de afirmación de la autoridad regia de Alfonso X durante toda la Baja Edad Media, pues no siempre el Sabio miró embobado la bóveda celestial. 





1158: Nace la Orden de Calatrava, los templarios ibéricos


San Raimundo de Fitero († 1160) en la villa de Ciruelos, en Castilla la Nueva.
Abad del Monasterio de la Orden del Cister de Fitero, Navarra y Fundador de la Orden de Calatrava


El 27 de enero de 1158 nacía la Orden militar de Calatrava, la primera que emulaba en España el espíritu de sacrificio guerrero de las órdenes del Santo Sepulcro. La vieja fortaleza de Calatrava había sido encomendada por el rey castellano Alfonso VII a los caballeros templarios. Al morir el monarca a mediados del siglo xii los templarios abandonaron la fortaleza, aduciendo que aquel promontorio fortificado era indefendible en medio de la estepa castellana si no se contaba con fuerzas suficientes. Como era de esperar, los almohades atacaron la fortaleza toledana, pero el abad Raimundo, del monasterio cisterciense de Fitero, organizó su defensa auxiliado por un monje que había sido caballero, Diego Velázquez. Entre los dos aguerridos clérigos convocaron una cruzada, logrando formar un pequeño ejército que resistió heroicamente el ataque. En recompensa, el rey castellano Sancho III otorgó la plaza de Calatrava a Fray Raimundo de Fitero, quien para su defensa establecería una guarnición permanente de soldados con votos monásticos, que llamó la Gran Orden Militar de Calatrava. Los caballeros de Calatrava vestían hábitos, salvo en la guerra, y juraban un voto único de obediencia, aunque en la práctica éste incluía pobreza y castidad. 

La idea de conjugar el ascetismo de la vida monástica con el arte de la guerra estaba poco arraigada en la cultura occidental. Así y todo, las órdenes del Temple y del Hospital penetraron en Aragón y Cataluña hasta llegar a Castilla. En la Península se daba una situación de guerra contra el infiel comparable a la de los Santos Lugares, por lo que la idea de cruzada cuajó con naturalidad. A la Orden de Calatrava le siguieron muchas otras. La Orden de San Juan, cuyo priorato dio nombre a la ciudad manchega de Alcázar, la Orden de San Julián de Pereiro, que más tarde cambió el nombre por la más conocida Orden de Alcántara, o la principal, la Orden de Santiago, fundada en 1169 con la misión de proteger a los peregrinos que visitaban la tumba del apóstol. Todas ellas tuvieron poder y prestigio ganado en combate, cumpliendo una importante función militar, pero también social y política en sus zonas de influencia.

PEDRO GARCÍA LUACES

sábado, 2 de julio de 2016

EL ORIGEN DE LA ORDEN DE CALATRAVA: UN ESTUDIO CRITICO


El relato que nos presentó sobre esta historia el entonces arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, cronista de aquellos años, en líneas generales y salvo cuestiones de detalles, ha venido siendo admitido sin apenas discusión por la historiografía moderna. Sin embargo, esta misma historia nos presenta un cuadro lo suficientemente idealizado como para levantar sospechas acerca de la perfecta historicidad de sus hechos.


Cabe preguntarse, para empezar, a quién correspondió realmente la iniciativa de la defensa y de concesión de tan importante ciudad fortificada en plena frontera de moros, a los dos monjes cistercienses llegados a Toledo desde Fitero, el abad Raimundo y el monje fray Diego Velázquez, como, con ciertas dosis de ingenuidad providencialista sugiere el arzobispo toledano, o al Rey don Sancho III de Castilla, el verdadero artífice de toda la obra, como afirmaría siglos después Rades y Andrada en su crónica de la Orden de Calatrava:

-"Instituyola el dicho Rey don Sancho de Castilla, y por orden suya don Raymundo, abad del monasterio cisterciense de Fitero, y fray Diego Velázquez, monje suyo, fueron los primeros movedores desta excelente obra"- (Francisco de Rades y Andrada, Chronica de la Orden de Calatrava fol. 6v.)

La contestación a esta pregunta fundamental pasa por un replanteamiento del relato del arzobispo toledano, quien quizás no fue entonces todo lo imparcial que debiera, buscando destacar sobre manera la figura de ambos monjes del Císter, presentándolos como los artífices y salvadores.
Una explicación que, por otra parte, además de providencialista, bastante increíble e interesada, nos resulta demasiado convincente y sencilla.

Y es que la retirada de los curtidos y duros freyles caballeros templarios junto con todas sus mesnadas y hombres de armas ante un "inminente" ataque almohade a la plaza de Calatrava, la reacción del rey castellano Sancho III "subastando" tan importante bastión fronterizo abandonado a favor de quien mejor pudiera defenderlo del ataque de los guerreros islámicos, la mirada hacia otra parte de los más poderosos caballeros y más notables magnates del reino castellano ante el pánico general, así como la oportuna llegada y ofrecimiento de dos humildes monjes de Fitero, uno de ellos anciano, que supieron transformar el recelo cortesano en una milagrosa voluntad de Dios, son elementos, todos ellos, que parecen remitirnos un esquema preconcebido para tratar de explicar de forma providencial e impactante un hecho mucho más complejo y real.
En efecto, los hechos bien pudieron suceder de un modo muy distinto.

Ciertamente, es bastante probable que los freyles caballeros templarios abandonaran Calatrava y devolvieran su tenencia al rey castellano.
De hecho, no fue la única vez que hicieron dejación de responsabilidades militares en la Península Ibérica.
Pero resulta cuanto menos sospechoso o sorprendente que el rey de Castilla, Sancho III, no hiciese nada por evitar tal deserción, máxime cuando el peligro almohade era tan inminente sobre la ciudad amurallada de Calatrava, y más sorprendente es todavía, que una acción tan poco edificante no tuviera ninguna consecuencia negativa o castigo para la Orden militar del Temple.

Para empezar, quizá la amenaza islámica descrita por el arzobispo de Toledo no fuera tan inminente ni tan grave como dejó ver en su obra.
Dados los problemas internos que tenía entonces el califa almohade Abd al-Mumîn en las tierras del Magreb, en Tunicia y en la actual Libia, es muy probable que la amenaza militar islámica que pendía sobre la ciudad de Calatrava no fuera, a finales de 1157, tan rigurosa o inminente como la presentó el arzobispo en su obra, quien actuando de forma interesada, generó una sensación de desesperación ante el inminente avance infiel.
De ese modo, Rodrigo Ximénez de Rada, en un hábil ardid religioso y psicológico, tuvo la inteligencia de presentar la no intervención almohade sobre la villa de Calatrava aquel año de 1157 en un milagro sobrenatural, haciéndolo coincidir con la presencia en ella de los monjes cistercienses.

-"Y con el Señor como guía, llegaron a esta villa el abad y el monje Diego Velázquez, y sucedió que, por voluntad del Altísimo, el gran ejército infiel del que tanto se había hablado, no se presentó antes los muros de Calatrava"-. (Crónica De Rebus Hispaniae, Rodrigo Jiménez de Rada).

Ahora bien, si la dejación templaria en la misión de defender Calatrava no obedeció, al menos de manera directa, al temor de no poder hacer frente con garantías a una gran invasión norteafricana, ¿a qué se debió tan precipitado abandono de la villa, el cual no pareció enojar en exceso al rey Sancho III?.
La donación de la ciudad fortificada de Calatrava y de su inmenso y estratégico término a la Orden del Temple había sido una decisión personal del rey Alfonso VII, padre de Sancho, obsesionado por proporcionar una dimensión occidental a su ambicioso proyecto político.
Pero no parece que los caballeros templarios, a quien el emperador castellano-leonés Alfonso VII había encomendado tanto la defensa de la plaza como el cobro de tributos a las caravanas que transportaban mercancías entre al-Andalus y el sur de la frontera del reino castellano, llevaran a cabo labor de colonización alguna -sin duda algo muy costoso y complejo-, durante los siete años en que fueron propietarios y tenentes de Calatrava, concretamente entre 1150 y 1157.

La incapacidad logística y económica del Temple para poder llevar hasta Calatrava nuevas familias de repobladores y colonos para trabajar, unido a la inesperada enfermedad y muerte del rey don Alfonso VII durante el paso del puerto del Muradal a finales del verano de 1157, precipitaron los hechos, tras perder los templarios a su gran protector y valedor, lo que provocó un replanteamiento de la situación geoestratégica del reino.

El cortísimo reinado de Sancho III, heredero al trono castellano en 1157, empezó a apuntar algo que se manifestaría con toda claridad en el de su hijo y sucesor, don Alfonso VIII: la voluntad política de constituir y forjar un reino inequívocamente castellano sobre bases territoriales e instituciones propias. En este nuevo esquema, las órdenes militares europeas, sólo jugarían un papel limitado, al no poder ser controladas por el rey de Castilla. No hay más que comprobar la escasa importancia que tanto caballeros templarios como hospitalarios asumieron en la realidad militar, social y política de la segunda mitad del siglo XII castellano, un territorio que fue utilizado por ambas órdenes simplemente para obtener beneficios y rentas económicas que eran enviadas a Tierra Santa y Jerusalén, donde estaban los maestres y los cuarteles generales de esas milicias europeas.

De ese modo, no cabía duda de que había llegado la hora de crear instituciones propias, capaces de servir con plena lealtad al rey de Castilla.
Así fue como se gestó la fundación de la primera orden militar castellana, la ORDEN DE CALATRAVA, milicia que tomaría el nombre del lugar: Qalât Rabâh.
Desde esta perspectiva, lo que se produjo en tierras manchegas entre finales de 1157 y enero de 1158 fue una auténtica operación de sustitución, en cierto modo pactada, entre la Orden del temple y el rey Sancho III. Una operación que llevó al monarca castellano a crear la primera orden militar peninsular.
La relación de vieja amistad que había tenido de joven Diego Velázquez, antiguo caballero burgalés de la Bureba al servicio del emperador, con el entonces infante Sancho, debió constituir el elemento decisivo en la elección de los nuevos candidatos para tan señalada y noble misión real.

Sea como fuere, no parece discutible el decisivo papel jugado por la Corona castellana en el origen fundacional de la Orden de Calatrava, una milicia que se forjaría gracias a una suma de voluntades humanas, espirituales, militares, religiosas, políticas y económicas en un tiempo de Cruzada.

De ese modo, en enero de 1158, a la inestimable ayuda y colaboración económica proporcionada por don Juan, arzobispo de Toledo (quien entregó dinero, caballos, equipamiento, armas, alimentos y viático), se sumó la llegada de cientos de jóvenes hidalgos castellanos, noble sangre hispana que acudió voluntariamente a defender aquella lejana plaza fronteriza. 

Una vez allí, estos hombres se quedarían ya de forma permanente, tomando entre los muros de Calatrava los hábitos blancos de la Orden del Císter. De ese modo, harían de su vida un servicio a Dios y a la Cristiandad, sirviendo hasta la muerte como freires caballeros, una fuerza militar de élite que, junto a sus mesnadas y hombres de armas a sueldo, defenderían aquella villa y aquel territorio fronterizo de los ataques infieles, tomando como ejemplo a la Orden del Temple.

En esta misión, proyectada según la idea política del rey don Sancho III, fue clave la eficaz dirección y capacidad de gestión de los monjes de Fitero.
Seis años después, en 1164, la milicia de Calatrava adoptaría la regla monástica del Císter como su forma de vida conventual, una estricta norma disciplinaria para una comunidad con un 20% de monjes cistercienses y un 80% de freires laicos.

Esta primera orden militar castellana, nacida como fruto de una decisión política, estaría reglada como una sencilla comunidad monástica cisterciense, que sería la encargada de aglutinar, reglar y articular la vida de esta nueva milicia de Dios.

Se trataba, como en el caso del Temple, de un grupo de caballeros laicos que asumían una vida conventual, reglada según la disciplina religiosa del monje.


FUENTE: Las órdenes militares hispánicas en la Edad Media.
Carlos Ayala Martínez

domingo, 17 de abril de 2016

La fundación de la Orden de Calatrava

La Orden de Calatrava es una Orden militar-religiosa. Fue fundada en el siglo XII por el abad Raimundo del monasterio de Fitero, con el objetivo de proteger de los moros la villa de Calatrava.

Fitero era una villa del Reino de Navarra, ubicada en las orillas del río Alhama, cerca de Tudela. Calatrava era una villa del Reino de Castilla, situada junto al río Guadiana, cerca de la actual Ciudad Real. Es importante tener en cuenta que la distancia entre las dos villas supera los 400 kilómetros y que ambas pertenecían a reinos distintos. Esto nos permite entender que en la Edad Media los cristianos, con independencia de su lugar de nacimiento o residencia, se desplazaban a cualquier reino cristiano donde pudiesen colaborar en el proyecto común de la Reconquista.
En 1147, el rey de Castilla arrebató a los árabes la villa de Calatrava y se la entregó a la Orden del Temple para asegurar su defensa. Unos años más tarde, ante el empuje islámico, los templarios se retiraron temerosos y devolvieron la villa al monarca castellano, que se la ofreció a quien se atreviera a defenderla. Ante el asombro y la incredulidad de los nobles, el abad Raimundo, barcelonés de nacimiento, alentado por un fraile de su monasterio llamado fray Diego Velázquez (que había sido anteriormente guerrero) aceptó el reto. El 1 de enero de 1158, el rey castellano entregó la villa de Calatrava a los dos frailes de Fitero.

El abad Raimundo reclutó a los frailes de su monasterio y predicó la cruzada entre sus feligreses. Fray Diego Velázquez organizó a los voluntarios y los encuadró como ejército regular. Quizá los cronistas exageran al afirmar que los frailes consiguieron movilizar a 20.000 hombres dispuestos a luchar. Pero lo cierto es que muy numerosos debieron de ser los voluntarios, porque los moros decidieron no entrar en batalla y se retiraron hacia el sur.
El monasterio de Fitero era un monasterio cisterciense. La Orden del Císter (fundada en Francia, en 1098) restauró la regla benedictina basada en el lema ora et labora, que promueve el ascetismo, el rigor litúrgico y el trabajo manual.
Cuando el abad Raimundo fundó la Orden de Calatrava, adoptó la regla de San Benito y siguió la disciplina monástica cisterciense. Pero poco después de su muerte (en 1163), los caballeros calatravos se negaron a seguir viviendo bajo el gobierno de un abad. De este modo, decidieron desvincularse de la Orden del Císter y pasaron a ostentar ellos mismos el poder. Su principal objetivo era defender la cristiandad frente al islam. Y la guerra era incompatible con la vida contemplativa de los monasterios. Fue así como la Orden de Calatrava pasó de ser una Orden monástica a ser una Orden militar-religiosa, con sede en el castillo-convento de Calatrava. Desde entonces, quedó a disposición de cualquiera de los reyes cristianos de España que demandase su ayuda para defender la cristiandad.
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