Batalla
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jueves, 6 de julio de 2017

El lunes de Las Navas de Tolosa



16 de julio del año de la Encarnación de Nuestro Señor de 1212


Era aún noche cerrada, apenas si habían conciliado el sueño, en vigilia de oración, los freires, cuando, a la luz titubeante de las antorchas, el campamento se desperezó con imperiosos sones de clarines y viriles voces de mando y apremio: “¡Arriba! ¡Vamos! ¡A formar!”.
Se sucedían las carreras. Los escuderos pasaban raudos con los caballos enjaezados. Los arqueros corrían a reunirse, con sus cacajs bamboleándose a sus espaldas. Los peones sujetaban con fuerza sus escudos y formaban las líneas de sus cuadrillas.
Los caballeros clavaban sus aceros en el suelo y rezaban ante su cruceta; acariciaban la testuz y las crines de sus monturas, de las que dependería su vida en la jornada; montaban y se ajustaban, con ganchos, a los altos arneses para afianzar su posición; recogían el yelmo que les servía el escudero y se lo calaban, asegurando su mejor visión.
Los freires marchaban a formar en haces compactas, con sus airosas capas, seguidos por sus sargentos. Los caballeros villanos pasaban con sus acolchadas defensas de cuero y sus largas lanzas. Los portaestandartes acariciaban el astil de sus enseñas y las afianzaban en sus estribos. Se recontaban las fuerzas y se daban novedades.
Los señores, con sus familiares, marchaban, ceremoniosos, a ocupar sus posiciones preeminentes. Los mandos se situaban al frente de sus tropas. Los reyes de Aragón, Pedro II, y de Navarra, Sancho VII, con lucidos y marciales cortejos, fueron a situarse en las costaneras.
Era un amanecer lento. El sol no acompasaba su paso al acelerado latir de los corazones. Tibios haces de luz se desplegaban en el horizonte, iluminando una naturaleza extrañamente quieta, ajena a cuanto estaban dispuestos a jugarse los hijos de los hombres.
Poco a poco, la agitación se tornó en calma y el caos en orden de revista; en silencio guerrero y religioso; los soldados se persignaban en la alborada más larga y decisiva de sus vidas.
Volvieron a sonar los clarines con toque de atención. El rey llegaba escoltado por su alférez Álvaro Núpez de Lara con la enseña de Castilla, don Rodrigo Ximénez de Rada, con loriga, espada y sosteniendo en su mano izquierda la Cruz de brillantes; don Tello Tellez de Meneses con la Virgen arzonera, con el Hijo de Dios sentado en sus rodillas, y don Domingo Pascuale, portando la bandera del Calvario. Detrás obispos, ricos hombres y la mesnada real.
Alfonso VIII refrenó su caballo al llegar al centro de las filas. Una intensa y callada corriente de comunión y lealtad, que salía de lo más hondo de sus corazones, se adueñó del expectante ejército. El rey hizo un gesto al primado para que procediera. Don Rodrigo se adelantó y se puso a su vera. Mientras los peones se postraban de hinojos, su mano derecha, con los dedos corazón e índice unidos, rasgaron las últimas tinieblas, bendiciendo a quienes iban a luchar por el honor de Dios, bajo su signo salvador. Recitó pausado y solemne la fórmula de la absolución:
  • Ego te absolvo ab peccatis tuis. In nomine Patris, et Filii et Spiritu Sancti.
El perdón del Altísimo alcanzaba a todos y quien sucumbiera bajo las armas de los enemigos de Cristomoriría como mártir de la fe y alcanzaría la Gloria celestial.
Don Rodrigo hizo recular a su caballo y de nuevo el rey quedó solo con su ejército. Todas las miradas buscaban su rostro serio, pues en la decisión que reflejaba su faz encontraban fortaleza.
  • Españoles, hemos marchado juntos, hemos sufrido juntos. Estáis aquí los de lealtad probada. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos os pregunten por qué luchasteis, les contaréis que vinisteis a defenderles a ellos y a los hijos de muchos que ni siquiera conoceréis en vuestra vida, Les diréis que luchasteis por vuestra fe y la suya, pues los enemigos de la Cruz del Señor no sólo aspiran a la destrucción de las Españas, sino que también amenazan con ejercer su crueldad en otras tierras de los fieles de Cristo y oprimir el nombre de cristiano. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, mirándoos con admiración y agradecidos, os pregunten quién os guiaba en la batalla, diréis que no era hombre alguno sino el mismo Dios de los ejércitos y por ello acudisteis jubilosos y sin temor al combate, pues si derramamos nuestra sangre podremos contarnos entre el coro de los mártires. Cuando vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos os pregunten por qué, abandonándolo todo, recorristeis tierras inhóspitas para luchar, les diréis que os negasteis, como vuestros antepasados, a que el invasor sarraceno os impusiera sus costumbres y las creencias de la maldita secta de Mahoma. Cuando quieran saber lo que sentía esta entrañable unidad guerrera al comienzo de este día de júbilo y de gloria, la palabra que vendrá incontenible a vuestra boca será la que ahora acelera nuestros corazones: ¡libertad!
Un griterío ensordecedor surgió de las gargantas. Se repetían las invocaciones a Santiago, los castellanos, y a San Jorge, los aragoneses. Cuando cesó la algarabía de la arenga, el ejército se puso en marcha, bajo el talud e inició el avance hacia el enemigo.
Primero los monjes y a su concurso todo el Ejército cantó, como el gran Godofredo de Bouillon, como cuantos les habían precedido en la lucha, el Veni, Creator Spiritus, pues eran cruzados dispuestos a combatir al enemigo de la fe. El sol nacía con esplendor, mientras el canto grave de sus voces se elevaba en el templo ancho de aquellas llanuras y collados.
  • Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita. Imple superna gratia quae tu creasti pectora.
  • Ven, Espíritu Creador; visita las almas de tus fieles. Llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo has creado.
Don Rodrigo Ximénez de Rada no cabía en sí de gozo al contemplar la marcha, a paso acompasado, unidos, de hijos de todos los reinos, promesa de ese retorno a la unidad primigenia, a cuya consecución dedicaba su vida…
Extracto :  novela histórica “Las Navas de Tolosa”
Autor : @enriquedediegov
Imagen :  Mount Blade

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domingo, 10 de julio de 2016

Batalla de Alarcos. En tiempos de Maestre Nuño Pérez de Quiñones.


"En los catálogos de los Maestres (sacados de escrituras no auténticas) se dice que la batalla de Alarcos fue en tiempo del Maestre don Martín Martínez y que murió en ella, más lo uno y lo otro es falso porque el Maestre que en ella se halló fue don Nuño Pérez de Quiñones y no murió allí como evidentemente constan amabas cosas por lo que adelante se dirá.

La batalla fue de esta manera. El Rey Moro de África, llamado Iuçaf que quiere decir José, a instancia de los Reyes Moros de Andalucía pasó a España con grande ejercito de Moros y entró por el Campo de Calatrava con intento de allegar a Toledo. Sabida su venida por el Rey don Alonso, salió a resistirle con menos gente de la necesaria sin aguardar a muchos grandes de Castilla que venían con gente a servirle. Y aún los Hijos dalgo y Ricos hombres que con él fueron, algunos estaban muy agraviados del Rey por haber dicho que valían tanto para la guerra los caballeros de Extremadura como los Hijos dalgo de Castilla. Por esto muchos de los Hijos dalgo hicieron menos de lo que pudieron en esta jornada, como dice la Crónica General, porque quisieron ver cómo le iba al Rey sin ellos, con los caballeros extremeños.

Llegado el Rey al castillo de Guadalherza se juntó con su ejército don Gonzalo Rodríguez, Maestre de Santiago y también sus caballeros. En Malagón se juntó don Nuño Pérez de Quiñones, Maestre de Calatrava con los suyos. De allí fueron todos a la villa de Alarcos, y los Moros habían ya entrado hasta Caracuel de manera que vinieron a dar batalla junto al castillo de Alarcos en la cual los cristianos fueron vencidos y muchos muertos y presos. El Rey, viendo tanta perdición, se metió en lo más recio de la batalla diciendo que quería morir en ella y no volver con tanta afrenta a Toledo, más algunos de los suyos le sacaron de la batalla y se vinieron camino de Toledo hasta el castillo de Guadalherza. 

Vencida la batalla, los Moros siguieron el alcance de los Cristianos que iban huyendo hasta un portezuelo que está entre las dos ventas de La Zarzuela y Daraçutan, y allí los Cristianos pretendiendo defenderse pelearon segunda vez y todos fueron muertos o presos, los que aguardaron. Otros que iban delante sin orden se recogieron en el castillo de Guadalherza y allí se escaparon. De los caballeros de esta Orden murieron muchos en Alarcos, otros con el Maestre se fueron al castillo de Guadalherza, acompañando y defendiendo a su Rey, otros se recogieron a Calatrava la Vieja, donde tenían su convento y otros al Castillo de Alarcos con don Diego López de Haro. Señor de Vizcaya y con los Condes de Lara sus yernos. Después de todo esto, los Moros pusieron cerco al castillo de Alarcos que era muy fuerte y dentro de pocos días lo tomaron por combate, según se halla en una historia antigua. Aunque la crónica del Rey don Alonso el Sabio (al que se le deba dar más crédito) dice que don Diego López de Haro huyó con la Señal y Pendón Real al castillo de Alarcos dejando al Rey en la batalla, y después dio el castillo y villa a los Moros sin mandado de su Señor. Con esto también conforma lo que dice la Crónica General, que don Lope Díaz de Haro, habiendo de entrar en la batalla de las Navas de Tolosa, dijo al dicho don Diego López su padre que se acordase de la honra que había perdido en Alarcos y procurase ganarla en aquella. Tambien Hernán Pérez de Guzmán, en el libro llamado Valerio de las historias, cuenta que estando don Diego López cercado en Alarcos se concertó con don Fernán Ruy de Castro (el que dicen que había metido los Moros en Castilla) para que le dejase salir con otros dos caballeros, y así salió con los Condes de Lara sus yernos contra quien don Fernán Ruyz tenía todo el enojo. Tomada la villa y castillo de Alarcos fueron sobre Calatrava la vieja donde estaba el convento de esta Orden con muy pocos caballeros que se habían escapado de la batalla de Alarcos, y por fuerza y combate ganaron la villa donde pasaron a cuchillo a todos los Freyles caballeros y clérigos y a muchos otros Cristianos porque no quisieron darse luego. Hicieron los Moros enterrar sus cuerpos fuera de la villa por quitar de ella el mal olor y por esto cuando los cristianos ganaron otra vez esta villa el Maestre mandó edificar en aquel lugar una Ermita, con título de Nuestra señora de los Mártires porque aquellos caballeros murieron por la fe de Cristo y hasta hoy le dura este nombre."

Crónica de las tres Ordenes de Caballeria.
Fray Francisco de Rades y Andrada.
Foto : Recreación Batalla de Alárcos,de Forjadores del Tiempo. 

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sábado, 2 de abril de 2016

Castillo y Batalla de Alarcos

Imagen virtual de la ciudad de Alarcos en construcción en 1195, justo antes de la batalla La batalla de Alarcos tuvo lugar el 18 de julio de 1195 y enfrentó a las tropas de al-Mansur, compuesta de diversas procedencias andaluzas y del Magreb, con las tropas de Alfonso VIII. 

La batalla de Alarcos (en árabe: معركة الأرك ma'rakat al-Arak) fue una batalla librada junto al castillo de Alarcos (en árabe: al-Arak الأرك), situado en un cerro a cuyos pies corre el río Guadiana, cerca de Ciudad Real (España), el 19 de julio de 1195, entre las tropas cristianas de Alfonso VIII de Castilla y las almohades de Abū Ya'qūb Yūsuf al-Mansūr (Yusuf II), saldándose con la derrota para las tropas cristianas, la cual desestabilizó por completo al Reino de Castilla y frenó todo intento de reconquista hasta la batalla de Las Navas de Tolosa.

El Castillo, de origen islámico, ha sido testigo de la historia de la comarca.

Reconstrucción virtual del castillo de Alarcos.

El castillo, situado en el centro de la ciudad, ha sido testigo de todos los avatares históricos vividos por la comarca. Sobre estratos de la Edad del Bronce e ibéricos se asentó un castillo de la primera dominación islámica, del que quedan algunos restos.

Desde la conquista de Toledo, en 1085, hasta la definitiva conquista de Alarcos, en 1212, el castillo de Alarcos se verá sometido a un proceso de transformación que afectó a todas sus estructuras. Está englobado dentro de la misma planificación diseñada para el resto de la ciudad por Alfonso VIII. En el exterior se rehicieron las torres, cambiando incluso su forma, adaptándola a los nuevos diseños, a la vez que se sumaban otras estructuras defensivas.

El interior del castillo se encontraba en pleno proceso de adaptación en 1195 pero quedó inconcluso. Los restos constructivos que aparecen son testigos del gran proyecto que pretendía realizar.


Tras la conquista almohade, después de la Batalla de Alarcos, se produce una readaptación del espacio interior del castillo. Articulado éste por calles enlosadas que dan paso a una serie de dependencias que cumplen distintas funciones: alcobas, cocinas, fragua, letrina, etc. A todas ellas, se accede desde un patio que también se encuentra enlosado.





Antecedentes

En 1177, el monarca castellano Alfonso VIII conquistó Cuenca con ayuda de Aragón. Inquieto, el califa Abū Yūsuf Ya'qūb al-Mansūr pactó en 1190 un periodo de paz para frenar el avance castellano sobre Al-Ándalus. Cuando expiraba el trato, recibió noticias de que habían surgido revueltas en sus posesiones del norte de África. Alfonso VIIIhabía empezado a levantar en una elevación sobre el río Guadiana la ciudad de Alarcos, que no tenía terminada su muralla, ni aún asentados todos sus nuevos pobladores, cuando una expedición, dirigida por el belicoso arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, penetró en la taifa de Jaén y Córdoba y saqueó las cercanías de la capital almohade (Sevilla) en la Península.

Este desafío de la fuerza castellana enfureció sobremanera a Ya'qub, quien decidió mandar todas sus fuerzas disponibles para contener al monarca castellano. El historiador Vicente Silió (1892-1972) narra cuál fue el pretexto oficial para la invasión

En 1194, el rey Alfonso VIII cometió la imprudencia de retar a Yasub enviándole un mensaje en tono altanero, por el cual le retaba a que mandase sus tropas a batirse en España o le facilitase navíos para que los cristianos pudiesen embarcar y derrotarle en África. Hacía treinta y un años que Yasub gobernaba el Imperio almohade. Contestó al de Castilla con unas breves líneas al dorso de su mensaje: «Estas son las palabras que ha pronunciado Alá, el Todopoderoso: Me lanzaré sobre ellos, les convertiré en polvo sirviéndome de ejércitos que no han visto nunca y de cuya fuerza no podrán librarse». Leyó a sus tribus el desafío de Alfonso y escuchó en respuesta un gran clamorío, exigiendo venganza. Con un poderoso ejército salió Yasub para Algeciras.

El 1 de junio de 1195, desembarcó sus tropas en la línea de costa entre Alcazarseguir y Tarifa con su ejército almohade.El emir almohade llegó hasta Sevilla, donde logró reunir un ejército de 300.000 hombres, entre caballería y peones, formado por todo tipo de mercenarios, tropas regulares, etc. Alcanzó Córdoba el 30 de junio, donde se hallaban las tropas de Pedro Fernández de Castro "el Castellano", señor de la Casa de Castro y del Infantado de León, quien había roto sus vínculos de vasallaje con su primo el rey Alfonso VIII. Pedro Fernández de Castro era hijo de Fernando Rodríguez de Castro "el Castellano", señor de Trujillo, que, al igual que su hijo hacía ahora, había combatido en el pasado junto a los almohades.

El 4 de julio Abū Yūsuf partió de Córdoba cruzando Despeñaperros y avanzando sobre la explanada donde se alzaba el castillo de Salvatierra, a los pies del de Calatrava. Un destacamento de la Orden de Calatrava, junto con algunos caballeros de fortalezas cercanas que intentaron dar con las fuerzas almohades, se toparon con ellas pero tuvieron la mala fortuna de encontrar un ejército muy superior al destacamento y fueron casi exterminados por completo.

Alfonso VIII se alarmó tras lo acontecido y se apresuró a reunir todas las tropas posibles en Toledo y a marchar hacia Alarcos. El monarca castellano consiguió atraer la ayuda de los reyes de León, Navarra y Aragón, puesto que el poderío almohade amenazaba a todos por igual.

Esta ciudad fortaleza estaba aún en construcción y era el extremo de las posesiones de Castilla formando frontera con al-Ándalus

Era determinante impedir el acceso al fértil valle del Tajo y, por darse prisa en presentar batalla, no esperó los refuerzos de Alfonso IX de León ni los de Sancho VII de Navarra que estaban de camino. El 16 de julio el gran ejército almohade fue avistado y era tan numeroso que no llegaron a saber cuántos hombres lo formaban.

Aun así e imprudentemente, Alfonso VIII decidió presentar batalla al día siguiente de llegar finalmente las tropas a los alrededores de Alarcos (el 17 de julio). Tal vez por confiar en la fuerza de la caballería pesada castellana, en vez de retirarse a Talavera donde habían llegado las tropas leonesas y que les separaban tan sólo unos pocos días de distancia. Abū Yūsuf no aceptó dar batalla ese día (el 18 de julio), prefiriendo esperar el resto de sus fuerzas. Al día siguiente, la madrugada del 19 de julio el ejército almohade formó alrededor de la colina "La cabeza" y a dos tiros de flecha de Alarcos como citan las fuentes árabes.

Desarrollo de la batalla
La batalla de Alarcos tuvo lugar el 18 de julio de 1195 y enfrentó a las tropas de al-Mansur, compuesta de diversas procedencias andaluzas y del Magreb, con las tropas de Alfonso VIII.


Obscurecióse el día con la polvareda y vapor de los que peleaban que parecía noche: Las Cabilas de voluntarios Alárabes, Algazaces y ballesteros acudieron con admirable constancia, y rodearon con su muchedumbre a los Cristianos y los envolvieron por todas partes. Senanid con sus Andaluces, Zanetes, Musamudes, Gomares y otros se adelantó al collado donde estaba Alfonso, y allí venció, rompió y deshizo sus tropas infinitas, que eran más de trescientos mil entre caballería y peones.

Allí fue muy sangrienta la pelea para los Cristianos, y en ellos hicieron horrible matanza. Había entre ellos diez mil caballeros de los armados de hierro como los primeros que habían acometido, que la flor de la caballería de Alfonso, y habían hecho su azala Cristianesca y jurado por sus cruces que no huiría de la pelea hasta que no quedase hombre a vida, y Dios quiso cumplir y verificar su promesa en favor de los suyos.

Cuando la batalla andaba muy recia y trabada contra los infieles [Cristianos], viéndose ya perdido comenzaron a huir y acogerse al collado en que estaba Alfonso para valerse de su amparo, y encontraron allí a los Muslimes que entraban rompiendo y destrozando, y daban cabo de ellos. 

Entonces volvieron brida y tornaron sobre sus pasos, y huyeron desordenadamente hacia sus tierras y donde podían.Entraron por fuerza en la fortaleza los vencedores quemando sus puertas y matando á los que las defendían; apoderándose de cuanto allí había, y en campo de armas, riquezas, mantenimientos, provisiones, caballos y ganado, cautivaron muchas mujeres y niños, y mataron muchos enemigos que no se pudieron contar, pues su número cabal sólo Dios que los crió lo sabe. Halláronse en Alarca veinte mil cautivos, á los cuales dio libertad Amir Amuminin después de tenerlos en su poder, cosa que desagradó a los almohades y a los otros muslimes, y lo tuvieron todos por una de las extravagancias caballerescas de los Reyes.5

—De Historia de la Dominación de los Árabes en España, sacada de varios manuscritos y memorias Arábigas

Los cristianos disponían de dos regimientos de caballería: en primera línea estaba la caballería pesada (de unos 10.000 hombres) al mando de Don Diego López de Haro y sus tropas, seguida después de la segunda línea, donde se encontraba el propio Alfonso VIII con su caballería e infantería.

Por parte de las tropas almohades, en vanguardia se hallaban la milicia de voluntarios benimerines, alárabes, algazaces y ballesteros, que eran unidades básicas y muy maniobrables. Inmediatamente tras ellos estaban Abu Yahya ibn Abi Hafs (Abu Yahya) y los Henteta, la tropa de élite almohade. En los flancos, su caballería ligera equipada con arco y en la retaguardia el propio Al-Mansur con su guardia personal.

Ya'qub siguió los consejos del qā'id andalusí Abū 'abd Allāh ibn Sanadí y dividió su numeroso ejército, dejando que el ğund andaluz (soldados de las provincias militarizadas) y los cuerpos de voluntarios del ğihād sufrieran la embestida del ejército cristiano y que más adelante, aprovechando la superioridad aplastante del ejército almohade, el agotamiento y bochorno del ejército cristiano, atacaría con las tropas de refresco que mantenía en reserva, la guardia negra y los almohades.6

El califa le dio a su visir, Abu Yahya Ibn Abi Hafs, el mando de la poderosa vanguardia: en la primera línea de los voluntarios benimerín. A Abu Jalil Mahyu ibn Abi Bakr, con un gran cuerpo de arqueros y las cabilas zeneta; detrás de ellos, en la colina antes mencionada, Abu Yahya con el estandarte del califa y su guardia personal, de las cabilas Henteta; a la izquierda los árabes a las órdenes de Yarmun ibn Riyah, y a la derecha, las fuerzas de al-Ándalus mandadas por el popular qā'id ibn Sanadid. El propio califa llevaba el mando de la retaguardia, que comprende las mejores fuerzas almohades (las comandadas por Yabir Ibn Yusuf, Abdel Qawi, Tayliyun, Mohammed ibn Munqafad y Abu Jazir Yajluf al Awrabi) y la fuerte guardia negra de los esclavos. Se trata de un formidable ejército, cuyos efectivos el rey Alfonso VIII había subestimado gravemente.

La carga cristiana no se hizo esperar, fue un tanto desordenada pero su impulso fue formidable. La primera carga fue rechazada por los zenetas y los benimerín, retrocedieron y volvieron a cargar para volver a ser rechazados. Sólo a la tercera carga consiguió la caballería cristiana romper la formación del centro de lavanguardia almohade, haciéndolos retroceder colina arriba, donde habían formado antes de la batalla, y causando numerosas bajas entre los benimerín (voluntarios), zenetas (que trataron de proteger al visir, Abu Yahya) y la élite Henteta donde se encontraba el visir, que cayó en combate. A pesar de la muerte del visir, el ejército almohade no vaciló y prosiguió con el ataque. La caballería cristiana maniobró hacia la izquierda para enfrentarse con las tropas de al-Ándalus al mando de ibn Sanadid.

Tres horas habían pasado ya desde el comienzo de la batalla, siendo en ese momento mediodía. El calor y la fatiga comenzaron a afectar a la caballería cristiana. Aun tras sufrir numerosas bajas, los musulmanes no tardaron en reagruparse, cerrando la salida a la caballería enemiga. Estos, haciendo uso de su caballería ligera al mando de Yarmun, rebasaron a las tropas cristianas por los flancos y fueron atacados por la retaguardia, lo que, junto a la labor de los arqueros y a las maniobras de desgaste, acabó por cerrar el cerco. 

Fue entonces cuando Ya'qub decidió enviar el resto de sus tropas. El ejército castellano no estaba preparado para aquella nueva táctica y finalmente se vio en la necesidad de huir, sufriendo así una tremenda derrota. Diego López de Haro, por su parte, trató de abrirse paso a toda costa, teniendo finalmente que refugiarse en el inacabado castillo, que tras haber sido cercado por 5.000 hombres, tuvo que rendir.

En cuanto a Pedro Fernández "el Castellano", cuyas fuerzas apenas combatieron durante la batalla, fue enviado por el califa para negociar la rendición. A los pocos supervivientes, entre ellos López de Haro, se les permitió marchar y se retuvieron 12 caballeros como rehenes para el pago del rescate.7 Entre los castellanos que murieron en la batalla se encontraban los obispos de Ávila, Segovia y Sigüenza, Ordoño García de Roda,Pedro Ruiz de Guzmán y Rodrigo Sánchez; así como los Maestres tanto de la Orden de Santiago, Sancho Fernández de Lemus, como de la portuguesa Orden de Évora, Gonçalo Viegas. Las pérdidas también resultaron elevadas para los musulmanes. No sólo el visir, Abu Yahya, sino también Abi Bakr, comandante de los benimerín (voluntarios), perecieron en la batalla o como consecuencia de las heridas sufridas.

Vicente Silió escribe que «las tropas de Yasub eran tan superiores como para inducir al monarca cristiano a rehusar la pelea», pero se hallaba Alfonso VIII en la plenitud de su vida, con el vigor de sus cuarenta años y no pensó en ningún instante retroceder ante el enemigo. Prefería morir antes que contemplar la gran catástrofe que se avecinaba. Y a fe que si no hubiese sido por la intervención de algunos nobles que, muy en contra de su voluntad, le sacaron del campo de batalla, hubiera sucumbido.

Consecuencias de la batalla

Como consecuencia, los almohades se adueñaron de las tierras entonces controladas por la Orden de Calatrava y llegaron hasta las proximidades de Toledo, donde se refugiaron los combatientes cristianos que habían sobrevivido a la batalla. Desestabilizó al Reino de Castilla durante años. Todas las fortalezas de la región cayeron en manos almohades:Malagón, Benavente, Calatrava, Caracuel, etc., y el camino hacia Toledo quedó despejado. Afortunadamente paraCastilla, Abu Yusuf volvió a Sevilla para restablecer sus numerosas bajas y tomó el título de al-Mansur Billah (el victorioso por Alá).

En los dos años siguientes a la batalla, las tropas de al-Mansur devastaron Extremadura, el valle del Tajo, La Mancha y toda el área cercana a Toledo, marcharon contra Montánchez, Trujillo, Plasencia, Talavera, Escalona y Maqueda, pero fueron rechazadas por Pedro Fernández de Castro "el Castellano", que tras la batalla pasó a servir al rey Alfonso IX de León, quien le nombró su Mayordomo mayor. Estas expediciones no aportaron más terreno para el Califato. Aunque su diplomacia obtuvo una alianza con el rey Alfonso IX de León (que estaba enfurecido con el rey castellano por no haberle esperado antes de la batalla de Alarcos) y la neutralidad de Navarra, ambos pactos temporales. Abū Yūsuf abandonó sus asuntos en al-Ándalus volviendo enfermo al norte de África, donde acabaría muriendo.

En un golpe de mano de los caballeros calatravos, sólo el castillo de Salvatierra, junto a Sierra Morena, pudo ser recuperado (1198) en los diecisiete años en los que la zona estuvo en poder almohade. Quedó como una posición aislada castellana en territorio almohade, hasta que fue tomado por éstos en 1211.

Sin embargo, las consecuencias de la batalla demostraron ser poco duraderas cuando el nuevo Califa Muhammed al-Nasir intentó frenar el nuevo avance hispánico sobre al-Ándalus. Se decidió todo en la batalla de Las Navas de Tolosa que marcó un punto de inflexión en la Reconquista y el Imperio almohade se derrumbó pocos años después.


Fuente: Wikipedia.
Vídeo: Dronesight




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